martes, 13 de noviembre de 2012

¿Innovación Social en Chile?


El sentimiento de culpa, producto de nuestra formación judeo cristiana, nos determina. Es que la culpa, como la conocemos, es una sensación muy poderosa. Y, al igual que con cualquier otra necesidad humana, como el sexo o el hambre, existen empresas -ONG- creadas especialmente para satisfacerla. Claro, expiar la culpa es un negocio. Uno muy rentable.

En nuestro país, la concentración económica es asquerosa. Lo mismo ocurre en el Primer Mundo. Paradójicamente, este pequeño porcentaje de la población no siempre lo pasa bien. De vez en cuando, ellos o sus herederos comienzan a sentir el peso de la realidad, la comezón de la culpa. Y si no ocurre naturalmente, instituciones como Un Techo para Chile aparecen “al rescate”, enrostrando verdades incómodas a la clase alta. A través de campañas publicitarias de un efectismo grosero, o llevando a un safari social a las cúpulas más poderosas de nuestro empresariado, esta fundación logra su objetivo.

¿Qué tiene de malo lo anterior, se preguntara Usted? La respuesta es simple: la visión reduccionista que se hace de la pobreza. Porque ONGs como Techo promueven el asistencialismo (una forma más bonita de llamar a la vulgar limosna) para “resolver” el problema de los pobres. Es decir, para ellos, la base de la pirámide o primer quintil necesita de la ayuda de los ricos y del Gobierno, ya que no puede -ni quiere- salir de su condición por sí misma. Así, y sin medidas reales como educación, trabajos dignos u otras; se condena a esta gente a vivir eternamente dentro del círculo de la miseria.

Ya a estas alturas Usted podrá dudar de mí. ¿Cómo puedo hablar con tanta autoridad de la materia? Bueno, pues porque yo trabajé con el departamento más siniestro del Techo: el Centro de Innovación, ahora Socialab. Por un año fui testigo directo de las malas prácticas internalizadas dentro de la fundación, llevadas al extremo por estos “innovadores sociales”.

En Junio del año pasado, mi ex empresa Pullcolab comenzó las tratativas con el Centro. Este departamento, odiado por todos los otros dentro de Techo, pese a tener financiamiento por millones de dólares del BID, sólo se dedicaba a proyectos de fair trade sin importancia. Julián Ugarte, cara visible y director del Centro, no tenía idea de lo que era la Innovación Abierta. Le gustó el concepto y juntos -una forma más bonita de decir que en Pullcolab hicimos todo- creamos Techolab. El sitio en un año reunió a 17 mil usuarios y casi 2000 ideas, todo un logro considerando el errático marketing que se hizo de la plataforma, el casi nulo apoyo del Centro y la pésima calidad de las ideas que ganaron en los distintos concursos. Aún así, esto bastó para que el sitio canibalizara al Centro de Innovación, quienes en una medida de fuerza nos sacaron del medio y crearon su propia plataforma.

Desempleado, pero aún con fe de que mi expertise en Innovación Abierta sería suficiente para formar parte de Socialab, presté asesoría gratuita para mejorar una plataforma gráficamente horrible y con una usabilidad ridícula, pese a haber sido creada bajo la supervisión del “experto en Innovación Social”, Julián Ugarte. Una vez más, la realidad y el comportamiento mafioso, legalizado en Techo, me pateó en el piso. Hasta el día de hoy ni siquiera las gracias he recibido.

Cuando veo que cada día Julián, Socialab y el Techo se mofan del concepto de Innovación Social, tergiversándolo a niveles increíbles al equipararlo al asistencialismo que han hecho su marca registrada, me dan arcadas. Recordar el cómo el Sr. Ugarte y compañía paseaban a cada gringo o ricachón por los mismos campamentos en ruinas y les presentaban a la misma señora con obesidad mórbida y 8 hijos corroída por la suciedad y el patetismo humano que la rodeaba, en un claro intento por conseguir más financiamiento; me repugna.

Instituciones como Un Techo para Chile -o Un Techo para mi País en el resto de Latinoamérica- existen gracias a un incentivo perverso. Su única razón de ser es la pobreza y las ganancias que pueden lograr por la culpa que ésta genera. Por lo mismo, no es de extrañarse que nunca logren su objetivo de “erradicar los campamentos”, o, en el caso de Socialab, “superar la pobreza”. Si esa fuera su intención, las innovaciones sociales que surgen de éstas serían de alto impacto y no soluciones parche que sólo decoran la pobreza, no la solucionan.

Como fiel representante de la clase media, agnóstico hace años, aburrido de ser “católico de cartón”; soy un mercenario libre de culpa. Pese a mi visión crítica sobre Startup Chile, trabajo en un proyecto incubado en esta institución. Nunca creí en el Techo, pero trabajé con ellos. Hay que comer, y para eso hay que trabajar. Bueno, al menos, yo debo hacerlo.

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