El sentimiento de culpa, producto de nuestra formación judeo cristiana, nos determina. Es que la culpa, como la conocemos, es una sensación muy poderosa. Y, al igual que con cualquier otra necesidad humana, como el sexo o el hambre, existen empresas -ONG- creadas especialmente para satisfacerla. Claro, expiar la culpa es un negocio. Uno muy rentable.
En nuestro país, la
concentración económica es asquerosa. Lo mismo ocurre en el Primer
Mundo. Paradójicamente, este pequeño porcentaje de la población no
siempre lo pasa bien. De vez en cuando, ellos o sus herederos
comienzan a sentir el peso de la realidad, la comezón de la culpa. Y
si no ocurre naturalmente, instituciones como Un Techo para Chile
aparecen “al rescate”, enrostrando verdades incómodas a la clase
alta. A través de campañas publicitarias de un efectismo grosero, o
llevando a un safari social a las cúpulas más poderosas de nuestro
empresariado, esta fundación logra su objetivo.
¿Qué tiene de malo lo
anterior, se preguntara Usted? La respuesta es simple: la visión
reduccionista que se hace de la pobreza. Porque ONGs como Techo
promueven el asistencialismo (una forma más bonita de llamar a la
vulgar limosna) para “resolver” el problema de los pobres. Es
decir, para ellos, la base de la pirámide o primer quintil necesita
de la ayuda de los ricos y del Gobierno, ya que no puede -ni quiere-
salir de su condición por sí misma. Así, y sin medidas reales como
educación, trabajos dignos u otras; se condena a esta gente a vivir
eternamente dentro del círculo de la miseria.
Ya a estas alturas
Usted podrá dudar de mí. ¿Cómo puedo hablar con tanta autoridad
de la materia? Bueno, pues porque yo trabajé con el departamento más
siniestro del Techo: el Centro de Innovación, ahora Socialab. Por un
año fui testigo directo de las malas prácticas internalizadas
dentro de la fundación, llevadas al extremo por estos “innovadores
sociales”.
En Junio del año
pasado, mi ex empresa Pullcolab comenzó las tratativas con el
Centro. Este departamento, odiado por todos los otros dentro de
Techo, pese a tener financiamiento por millones de dólares del BID,
sólo se dedicaba a proyectos de fair trade sin importancia. Julián
Ugarte, cara visible y director del Centro, no tenía idea de lo que
era la Innovación Abierta. Le gustó el concepto y juntos -una forma
más bonita de decir que en Pullcolab hicimos todo- creamos Techolab.
El sitio en un año reunió a 17 mil usuarios y casi 2000 ideas, todo
un logro considerando el errático marketing que se hizo de la
plataforma, el casi nulo apoyo del Centro y la pésima calidad de las
ideas que ganaron en los distintos concursos. Aún así, esto bastó
para que el sitio canibalizara al Centro de Innovación, quienes en
una medida de fuerza nos sacaron del medio y crearon su propia
plataforma.
Desempleado, pero aún
con fe de que mi expertise en Innovación Abierta sería suficiente
para formar parte de Socialab, presté asesoría gratuita para
mejorar una plataforma gráficamente horrible y con una usabilidad
ridícula, pese a haber sido creada bajo la supervisión del “experto
en Innovación Social”, Julián Ugarte. Una vez más, la realidad y
el comportamiento mafioso, legalizado en Techo, me pateó en el piso.
Hasta el día de hoy ni siquiera las gracias he recibido.
Cuando veo que cada día
Julián, Socialab y el Techo se mofan del concepto de Innovación
Social, tergiversándolo a niveles increíbles al equipararlo al
asistencialismo que han hecho su marca registrada, me dan arcadas.
Recordar el cómo el Sr. Ugarte y compañía paseaban a cada gringo o
ricachón por los mismos campamentos en ruinas y les presentaban a la
misma señora con obesidad mórbida y 8 hijos corroída por la
suciedad y el patetismo humano que la rodeaba, en un claro intento
por conseguir más financiamiento; me repugna.
Instituciones como Un
Techo para Chile -o Un Techo para mi País en el resto de
Latinoamérica- existen gracias a un incentivo perverso. Su única
razón de ser es la pobreza y las ganancias que pueden lograr por la
culpa que ésta genera. Por lo mismo, no es de extrañarse que nunca
logren su objetivo de “erradicar los campamentos”, o, en el caso
de Socialab, “superar la pobreza”. Si esa fuera su intención,
las innovaciones sociales que surgen de éstas serían de alto
impacto y no soluciones parche que sólo decoran la pobreza, no la
solucionan.
Como fiel representante
de la clase media, agnóstico hace años, aburrido de ser “católico
de cartón”; soy un mercenario libre de culpa. Pese a mi visión
crítica sobre Startup Chile, trabajo en un proyecto incubado en esta
institución. Nunca creí en el Techo, pero trabajé con ellos. Hay
que comer, y para eso hay que trabajar. Bueno, al menos, yo debo
hacerlo.
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